viernes, 24 de mayo de 2013

EL PLYMOUTH

La antena que le puso a la mañana temprano
en el techo
le permite descubrir
el Plymouth
enterrado en la nieve
junto a los demás autos
a esa hora de la tarde
en la que una nevisca plateada
hace de luz

Tiene que patear
varias veces la puerta
congelada
para poder entrar
a la cabina

Y esperar que se repita
el pequeño milagro diario
de que el motor arranque
cuando le dé contacto

Una cuerda de alegría tañe
en su interior
cuando en efecto
arranca

Ahora viaja por una larga ruta recta
El Plymouth patina un poco-
alivianado
por la fina capa de hielo
que lustra el asfalto-
como si fuese a decolar

Ahora acelera por Goodell Street
y luego gira a la izquierda
      (los giros son largos
                     y a veces deslizan un tanto)
 en el semáforo de la Edward

Por instinto el conductor del auto
mira hacia arriba-
aunque la guerra no sobrevuele estos cielos

El Eerie tirita enorme bajo el hielo

El conductor del auto
se habla a sí mismo
en una lengua extranjera

Las paletas de su corazón son jóvenes
todavía
y el aire helado hace una pasada rasante
por la pista lisa de sus pulmones

La luna
y los rotores de su pensamiento
circunvalan
el planeta

En el barro del cuerpo
las hélices de sus pasiones
se tuercen
sin pausa

Casi todo el tiempo los haces de luz
patrullan
el abombado vientre de las nubes

Las luces de los faros, en cambio
disparan miríadas de espículas de nieve
a su paso

Una a una caen las persianas
de las vidrieras de la Delaware Avenue

Ahora las aspas del corazón se mueven lentas
como las alas de una mariposa detenida
sobre un instante

La nieve ha vuelto a colmar
la larga entrada del auto.

(Su joven esposa
no es la respuesta)

Es de noche.

El Plymouth ronronea.
Pega una acelerada
y se detiene.



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